Sobrevivir al naufragio le hizo
dudar si nacía de nuevo o
regresaba de entre los ahogados.
dudar si nacía de nuevo o
regresaba de entre los ahogados.
Enrique
Rentería.
Analogía
de La tumba por José Agustín
Jessica
Vásquez T.
José
Agustín, escritor mexicano nacido en 1944; La tumba es su primera novela
publicada por Juan José Arreola. Cabe mencionar que el autor perteneció a un
movimiento literario en México llamado La onda, con el cual se pretendía, con
otros autores como René Avilés Fabila, Gustavo Sainz y Parménides García
Saldaña (representantes de esta corriente), escribir de una manera mucho más
franca y con un lenguaje abierto, capaz de explorar nuevas formas como la
mezcla de lenguas que es común en La tumba (francés, alemán, inglés, español) y
la entrada a palabras como chingada, pendejo, cabrón, etc. Además de que su
literatura tiene tintes contrarios Al régimen priista de los 40, tema que NO
podía ser tratado directamente por lo que mezclaban temas como el sexo, las
drogas, el rock and roll y la literatura dentro de las narrativas.
En La tumba, José Agustín narra la adolescencia
de Gabriel, un joven de 16 años que estudia la preparatoria y escribe poesía,
pertenece a un grupo de literatos llamado CLM (Círculo Literario Moderno) donde
conoce a personas como Elsa y Jacques. Gabriel tiene tendencias liberales,
rebeldes y antisociales que se desarrollan a lo largo del libro, que es el
tiempo que pasa antes y después de que él cumple los 17 años.
Gabriel
es un joven simpático que se pregunta si en vez de masa encefálica (o cefálica
como gusta él de llamarla) tiene en la cabeza alguna especie de sustancia que,
al mover la cabeza de lado a lado, se agita y se escucha. Estos
cuestionamientos, en un principio fisiológicos, lo llevan a preguntarse cosas
más densas aún; sobre todo tras la muerte accidental de su prima Laura, la
única persona con quien Gabriel comenzaba a relacionarse de manera no intima
sino espiritual.
Él
protagonista se describe a sí mismo como un
tipo con un ruido en la cabeza. Un joven acosado por el martilleo incesante
del Clic en su cabeza termina con el ruido dándose un tiro con un revolver no
sin antes haber escrito un epitafio poético como legado.
Gabriel
es el ejemplo claro de zombi social; entiéndase por éste término a un individuo
que puede vagar por el mundo sin intenciones de dañar a la gente, o quizá si
las tenga, lo que automáticamente lo convierte en una especie de sociópata: un estruendo resonó en mis oídos, mientras
la llamarada surgía como oración maléfica. Frené al momento para ir, a pie,
hasta la curva. El esport se había estrellado con un camión que transitaba en
sentido contrario. Una ligera sonrisa se dibujó en mi cara al pensar: eso
mereces.
Una
sensación de vaciedad se apropia del hombre, un culto hacia lo material, a
aquello que no responde y que sólo está obsoleto, sujeto a nuestra mano; son
éstos algunos síntomas del zombi moderno obligando a permanecer en absoluto
silencio.
Gabriel
no seduce; engaña: entonces me supe
derrotado, comprendí que ni siquiera la había seducido. Una característica
fulminante del personaje principal, un joven que se jacta de llevar a la cama a
señoritas prestigiadas y a otras no “tan prestigiadas”. Un hombre que lastima a
cualquier persona, por cualquier precio; ese es el verdadero sentido de ser un
zombi.
Gabriel
está vacío; camina por el mundo con una familia destrozada y cientos de amigos
que logró hacer mediante sus escritos y sus tan bien fundamentadas opiniones
sobre Nietzsche y el nihilismo que teñía su vida tan triste con ese clic que no
le dejaba ser feliz; lo acompañaba aun cuando intentaba escapar de él.
Elsa
Galván, es la tercera novia de Gabriel a quien el mismo embaraza y la somete a
un aborto y con eso queda un estereotipo de mujer (estereotipo que se lleva hasta
el día de hoy) de sometimiento hacia el hombre; dejándola desprovista del uso
de la razón, sin capacidad de tener hijos (estéril) y carente de decisión
propia.
Es
éste el ambiente en que se desarrolla la historia; un par de familias
acomodadas con hijos burgueses que nada esperan de la vida más que beber y
escribir poesía.
Estamos
vacíos, y en el siglo XX, el hombre vacío intenta encontrar aquello que le
falta en el consumismo; llenándose de cosas inútiles o útiles en un período relativamente
corto de tiempo. Buscamos algo qué vestir para poder entrar en el círculo al
que, sin mucho esfuerzo, botaremos por pertenecer a uno nuevo. Cambiamos de
celular, le agregamos un valor inexistente a las cosas y animamos lo material
dejando sin vida aquello que merece la atención. Caminamos sin rumbo, las
paredes que tanto tardamos en construir, ahora caen a pedazos; los templos
sagrados donde cultivábamos la mirada fija, aquel beso en la mejilla y un
cálido hola, han desaparecido por completo: los hemos sustituido por santos
griales que no son siquiera la mitad de lo que se ve.
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