miércoles, 26 de noviembre de 2014

La tumba

Sobrevivir al naufragio le hizo
dudar si nacía de nuevo o
regresaba de entre los ahogados.
Enrique Rentería.
Analogía de La tumba por José Agustín
Jessica Vásquez T.
José Agustín, escritor mexicano nacido en 1944; La tumba es su primera novela publicada por Juan José Arreola. Cabe mencionar que el autor perteneció a un movimiento literario en México llamado La onda, con el cual se pretendía, con otros autores como René Avilés Fabila, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña (representantes de esta corriente), escribir de una manera mucho más franca y con un lenguaje abierto, capaz de explorar nuevas formas como la mezcla de lenguas que es común en La tumba (francés, alemán, inglés, español) y la entrada a palabras como chingada, pendejo, cabrón, etc. Además de que su literatura tiene tintes contrarios Al régimen priista de los 40, tema que NO podía ser tratado directamente por lo que mezclaban temas como el sexo, las drogas, el rock and roll y la literatura dentro de las narrativas.
 En La tumba, José Agustín narra la adolescencia de Gabriel, un joven de 16 años que estudia la preparatoria y escribe poesía, pertenece a un grupo de literatos llamado CLM (Círculo Literario Moderno) donde conoce a personas como Elsa y Jacques. Gabriel tiene tendencias liberales, rebeldes y antisociales que se desarrollan a lo largo del libro, que es el tiempo que pasa antes y después de que él cumple los 17 años.
Gabriel es un joven simpático que se pregunta si en vez de masa encefálica (o cefálica como gusta él de llamarla) tiene en la cabeza alguna especie de sustancia que, al mover la cabeza de lado a lado, se agita y se escucha. Estos cuestionamientos, en un principio fisiológicos, lo llevan a preguntarse cosas más densas aún; sobre todo tras la muerte accidental de su prima Laura, la única persona con quien Gabriel comenzaba a relacionarse de manera no intima sino espiritual.
Él protagonista se describe a sí mismo como un tipo con un ruido en la cabeza. Un joven acosado por el martilleo incesante del Clic en su cabeza termina con el ruido dándose un tiro con un revolver no sin antes haber escrito un epitafio poético como legado.
Gabriel es el ejemplo claro de zombi social; entiéndase por éste término a un individuo que puede vagar por el mundo sin intenciones de dañar a la gente, o quizá si las tenga, lo que automáticamente lo convierte en una especie de sociópata: un estruendo resonó en mis oídos, mientras la llamarada surgía como oración maléfica. Frené al momento para ir, a pie, hasta la curva. El esport se había estrellado con un camión que transitaba en sentido contrario. Una ligera sonrisa se dibujó en mi cara al pensar: eso mereces.
Una sensación de vaciedad se apropia del hombre, un culto hacia lo material, a aquello que no responde y que sólo está obsoleto, sujeto a nuestra mano; son éstos algunos síntomas del zombi moderno obligando a permanecer en absoluto silencio.
Gabriel no seduce; engaña: entonces me supe derrotado, comprendí que ni siquiera la había seducido. Una característica fulminante del personaje principal, un joven que se jacta de llevar a la cama a señoritas prestigiadas y a otras no “tan prestigiadas”. Un hombre que lastima a cualquier persona, por cualquier precio; ese es el verdadero sentido de ser un zombi.
Gabriel está vacío; camina por el mundo con una familia destrozada y cientos de amigos que logró hacer mediante sus escritos y sus tan bien fundamentadas opiniones sobre Nietzsche y el nihilismo que teñía su vida tan triste con ese clic que no le dejaba ser feliz; lo acompañaba aun cuando intentaba escapar de él.
Elsa Galván, es la tercera novia de Gabriel a quien el mismo embaraza y la somete a un aborto y con eso queda un estereotipo de mujer (estereotipo que se lleva hasta el día de hoy) de sometimiento hacia el hombre; dejándola desprovista del uso de la razón, sin capacidad de tener hijos (estéril) y carente de decisión propia.
Es éste el ambiente en que se desarrolla la historia; un par de familias acomodadas con hijos burgueses que nada esperan de la vida más que beber y escribir poesía.

Estamos vacíos, y en el siglo XX, el hombre vacío intenta encontrar aquello que le falta en el consumismo; llenándose de cosas inútiles o útiles en un período relativamente corto de tiempo. Buscamos algo qué vestir para poder entrar en el círculo al que, sin mucho esfuerzo, botaremos por pertenecer a uno nuevo. Cambiamos de celular, le agregamos un valor inexistente a las cosas y animamos lo material dejando sin vida aquello que merece la atención. Caminamos sin rumbo, las paredes que tanto tardamos en construir, ahora caen a pedazos; los templos sagrados donde cultivábamos la mirada fija, aquel beso en la mejilla y un cálido hola, han desaparecido por completo: los hemos sustituido por santos griales que no son siquiera la mitad de lo que se ve.